DOMINGO DE RAMOS

Domingo de Ramos es una festividad cristiana que se celebra el domingo antes de la Pascua.  En este día, se conmemora la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, en la que la gente lo recibió con palmas y ramas de olivo, lo que simbolizaba la llegada del Mesías.  Esta festividad marca el inicio de la Semana Santa, que es una semana de reflexión y recogimiento para los cristianos que culmina con la celebración del Domingo de Resurrección.

En muchos lugares del mundo, se realiza una procesión en la que se llevan palmas y se recuerda la entrada de Jesús a Jerusalén.  También se bendicen las palmas y se reparten entre los fieles.  El Domingo de Ramos es una fecha importante para la Iglesia Católica y muchas otras denominaciones cristianas, ya que marca el comienzo de la celebración más importante del cristianismo, la Pascua.

SIMBOLIZACION DEL DOMINGO DE RAMOS


Se da a este día el nombre de Domingo de Ramos precisamente porque Jesús fue obsequiado con numerosos ramos por sus seguidores, gentes sobre todo humildes.   Los ramos de olivo y de palma son el signo de la renovación de la fe en Dios. Se les atribuye el significado de la vida y resurrección de Jesucristo. Asimismo, recuerdan también la fe de la Iglesia en Cristo y su proclamación como Rey en el Cielo y de la Tierra.

Durante esta época, es costumbre que las personas tengan en sus casas los ramos benditos. Muchos hacen cruces con las palmas y las ponen detrás de la puerta, sobre el crucifijo, en las imágenes sagradas o en cuadros de motivos religiosos.


LECTURAS DE DOMINGO DE RAMOS


PRIMERA LECTURA


El Señor Yavé me ha concedido

el poder hablar como su discípulo.

Y ha puesto en mi boca las palabras

para fortalecer al que está aburrido.

A la mañana él despierta mi mente

y lo escucho como lo hacen los discípulos.

El Señor Yavé me ha abierto los oídos

y yo no me resistí ni me eché atrás.

He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban,

mis mejillas a quienes me tiraban la barba,

y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

El Señor Yavé está de mi parte,

y por eso no me molestan las ofensas;

por eso, puse mi cara dura como piedra.

 y yo sé que no quedaré frustrado,


SEGUNDA LECTURA


Él compartía la naturaleza divina,

y no consideraba indebida la igualdad con Dios,

sin embargo se redujo a nada,

tomando la condición de siervo,

y se hizo semejante a los hombres.

Y encontrándose en la condición humana,

se rebajó a sí mismo

haciéndose obediente hasta la muerte,

y muerte de cruz.

Por eso Dios lo engrandeció

y le dio el Nombre

que está sobre todo nombre,

para que al Nombre de Jesús

se doble toda rodilla en los cielos,

en la tierra y entre los muertos,

y toda lengua proclame

que Cristo Jesús es el Señor,

para gloria de Dios Padre.



EVANGELIO


Jesús compareció ante el gobernador, y éste comenzó a interrogarlo. Le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús contestó: «Tú eres el que lo dice.»

Los jefes de los sacerdotes y las autoridades judías lo acusaban, pero Jesús no contestó nada.  Pilato le dijo: «¿No oyes todos los cargos que presentan contra ti?»  Pero Jesús no dijo ni una palabra, de modo que el gobernador se sorprendió mucho.

Con ocasión de la Pascua, el gobernador tenía la costumbre de dejar en libertad a un condenado, a elección de la gente.  De hecho el pueblo tenía entonces un detenido famoso, llamado Barrabás.  Cuando se juntó toda la gente, Pi lato les dijo: «¿A quién quieren que deje libre, a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?»  Porque sabía que le habían entregado a Jesús por envidia.

Mientras Pilato estaba en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese hombre porque es un santo, y anoche tuve un sueño horrible por causa de él.»

Mientras tanto, los jefes de los sacerdotes y los jefes de los judíos persuadieron al gentío a que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.  Cuando el gobernador volvió a preguntarles: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos contestaron: «A Barrabás.»  Pilato les dijo: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?» Todos contestaron: «¡Crucifícalo!»  Pilato insistió: «¿Qué ha hecho de malo?» Pero ellos gritaban cada vez con más fuerza: «¡Que sea crucificado!»

Al darse cuenta Pilato de que no conseguía nada, sino que más bien aumentaba el alboroto, pidió agua y se lavó las manos delante del pueblo. Y les dijo: «Ustedes responderán por su sangre, yo no tengo la culpa.»  Y todo el pueblo con testó: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»

Entonces Pilato les soltó a Barrabás. Mandó azotar a Jesús y lo en tregó a los que debían crucificarlo.

Los soldados romanos llevaron a Jesús al patio del palacio y reunieron a toda la tropa en torno a él.  Le quitaron sus vestidos y le pusieron una capa de soldado de color rojo. Después le colocaron en la cabeza una corona que habían trenzado con espinos y en la mano derecha le pusieron una caña. Doblaban la rodilla ante Jesús y se burlaban de él, diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!»  Le escupían en la cara y con la caña le golpeaban en la cabeza.

Cuando terminaron de burlarse de él, le quitaron la capa de soldado, le pusieron de nuevo sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Por el camino se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y le obligaron a que cargara con la cruz de Jesús.  Cuando llegaron al lugar que se llama Gólgota (o Calvario), o sea, «calavera»,  le dieron a beber vino mezclado con hiel. Jesús lo probó, pero no lo quiso beber.

Allí lo crucificaron y después se repartieron entre ellos la ropa de Jesús, echándola a suertes.  Luego se sentaron a vigilarlo. 37 Encima de su cabeza habían puesto un letrero con el motivo de su condena, en el que se leía: «Este es Jesús, el rey de los judíos.»  También crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban por allí lo insultaban; movían la cabeza  y decían: «¡Vaya! ¡Tú que destruyes el Templo y lo levantas de nuevo en tres días! Si eres el Hijo de Dios, líbrate del suplicio y baja de la cruz.»

Los jefes de los sacerdotes, los jefes de los judíos y los maestros de la Ley también se burlaban de él. Decían:  «¡Ha salvado a otros y no es capaz de salvarse a sí mismo! ¡Que baje de la cruz el Rey de Israel y creeremos en él!  Ha puesto su confianza en Dios. Si Dios lo ama, que lo salve, pues él mismo dijo: Soy hijo de Dios.»

Hasta los ladrones que habían sido crucificados con él lo insultaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas.  A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»  Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías.»  Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber.  Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo.»

Pero nuevamente Jesús dio un fuerte grito y entregó su espíritu.

En ese mismo instante la cortina del Santuario se rasgó de arriba abajo, en dos partes. 52 La tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y resucitaron varias personas santas que habían llegado ya al descanso.  Estas salieron de las sepulturas después de la resurrección de Jesús, fueron a la Ciudad Santa y se aparecieron a mucha gente.

El capitán y los soldados que custodiaban a Jesús, al ver el temblor y todo lo que estaba pasando, se llenaron de terror y decían: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.»