DIA 3

EL ESPIRITU SANTO ES UNA PERSONA

EL ESPIRITU SANTO ES UNA PERSONA


QUIÉN HIZO A Dios?”, es la pregunta que no podemos evitar hacer.


Recuerdo haberle hecho esta pregunta a mi madre cuando era niño. Y no me gustó su respuesta: “Nadie hizo a Dios; Él siempre ha sido”. La respuesta por la que no nos gusta la respuesta es que preferimos pensar lógicamente. La lógica a menudo busca remover la necesidad de la fe. Lo que hace que la fe sea fe es que simplemente aceptamos que Dios siempre ha sido y que no tuvo principio.


La fe es la garantía de lo que se espera, pero sin evidencia tangible (Hebreos 11:1). Básicamente hay dos cosmovisiones con respecto a la fe: (1) la perspectiva secular atea: “Lo creeré cuando lo vea”, o ver para creer; y (2) la perspectiva bíblica: creerle a Dios sin ver la prueba. La Biblia no intenta probar la existencia de Dios. La Palabra de Dios comienza, simplemente: “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).


Al igual que con la existencia eterna de Dios, yo decido creerle a la Biblia: la Palabra infalible de Dios. Sucede que yo creo totalmente que la Biblia es verdad.


Esto es por el testimonio interno del Espíritu Santo. El Espíritu Santo me ha persuadido de que la Biblia es verdad. La Biblia dice que Dios es eterno: “El Dios sempiterno es tu refugio; por siempre te sostiene entre sus brazos” (Deuteronomio 33:27). El apóstol Juan tuvo una visión de las criaturas vivientes en el cielo que adoran a Dios día y noche: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era y que es y que ha de venir.


Y así el Espíritu Santo—como el Padre y el Hijo—es eterno. Esto significa que ninguna de las personas de la Trinidad tuvo un principio. Hay una sutil, pero importante, distinción entre lo eterno y lo perpetuo. Eterno significa que no tiene principio así como que no tiene final. Perpetuo significa sin fin. Por ejemplo, los ángeles son perpetuos, pero no son eternos; tuvieron un principio porque fueron creados. Tanto el Padre como el Hijo son eternos: sin principio, ni fin. La Palabra—Jesús—estaba con Dios en el principio (Juan 1:2). Pablo escribió: “Porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente” (Colosenses 1:16-17).


Al igual que el Padre y el Hijo, entonces, el Espíritu Santo no solamente es perpetuo sino también eterno; no tuvo principio; porque Él es Dios. “Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Hebreos 9:14, énfasis añadido). El Padre, el Hijo, y el Espíritu existían en la eternidad antes de que Dios decidiera crear los cielos y la Tierra (Génesis 1:1). “Desde antes que nacieran los montes y que crearas la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, tú eres Dios” (Salmos 90:2). Como declaré antes, Dios el Padre es eterno, y de igual modo lo es el Espíritu Santo.


Cuando Pablo dijo que cuando se cumplió el plazo, Dios “envió a su Hijo” (Gálatas 4:4), es porque el Padre ya tenía un Hijo. Jesucristo es el Hijo eterno. El era la Palabra hasta el momento en que se volvió “carne” (Juan 1:14). Después de eso podría ser llamado el Dios-hombre. El Señor Jesucristo no comenzó en Belén, sino en su concepción en Nazaret en el momento en que la Palabra entró al vientre de la virgen María.


El Espíritu Santo es igualmente eterno con el Padre y la Palabra. Este es el mismo Espíritu Santo que es mencionado muchas veces en el Antiguo Testamento; de hecho, es la misma persona eterna de la que Jesús habló y que les presentó a sus discípulos: no es para decir que los doce comprendieron que el Espíritu Santo es eterno desde que se les presentó por primera vez. De igual forma, mucho de lo que Jesús enseñó no fue comprendido durante un buen rato.


¡Ellos ni siquiera sabían—en ese entonces—que Jesús era eterno! Esta fue una verdad que subieron a bordo poco a poco después